Ciencia

Robert Liston, el cirujano que amputaba piernas en 2 minutos y medio (y hoy sería un peligro)

En la era previa a la anestesia, la velocidad era sinónimo de supervivencia. La historia del médico que revolucionó la cirugía en Londres y protagonizó la única operación con 300% de mortalidad.

Publicado el 27 de julio de 2026, 06:35 hs

Retrato histórico de Robert Liston con escalpelo y bata de cirujano del siglo XIX
Xataka — Tecnología en Español

Robert Liston tardaba dos minutos y medio en amputar una pierna completa: desde la primera incisión hasta el último punto de sutura. Hoy cualquier cirujano que operara a esa velocidad sería suspendido de por vida. En 1840 era considerado el mejor del Reino Unido.

En una época sin anestesia, cada segundo contaba. El dolor era insoportable y el shock podía matar al paciente. Liston, que trabajaba en el University College Hospital de Londres, logró que muriera solo uno de cada diez operados. En el hospital de St. Bart, a pocas cuadras, la tasa era de uno cada cuatro.

Su fama era tal que decenas de pacientes acampaban en la puerta del hospital pidiendo que los atendiera él, especialmente los que otros cirujanos ya habían desahuciado. Entre sus casos más recordados hay un tumor escrotal de 20 kilos y medio y un aneurisma de aorta que todavía se conserva en el museo de patología del UCH.

Pero la velocidad tiene sus riesgos. Las anécdotas sobre Liston son tan truculentas que los historiadores discuten si son ciertas o leyendas urbanas. Una cuenta que en una amputación se llevó también los testículos del paciente. La más famosa es otra.

Según la versión popular, en plena operación Liston cortó sin querer dos dedos del asistente que sostenía la pierna. Luego, nervioso, clavó el bisturí en un estudiante que miraba. Los tres —paciente, asistente y estudiante— terminaron muriendo de infección. Esa operación pasó a la historia como la única con una mortalidad del 300%.

A pesar de esos accidentes, Liston fue un verdadero pionero. El 21 de diciembre de 1846 realizó la primera operación mayor con anestesia en Europa, apenas semanas después del histórico experimento de William T.G. Morton en Boston. Usó éter para adormecer a un paciente y le sacó un tumor del cuello sin que el hombre sintiera nada.

Ese momento marca el inicio de lo que el historiador Jürgen Thorwald llamó “el siglo de los cirujanos”. Entre 1846 y 1946 la cirugía pasó de ser un espectáculo sangriento a una disciplina científica capaz de operar el cerebro, los pulmones o el corazón. Liston fue uno de los que pavimentó ese camino.

Su velocidad no era un capricho ni un show. Era la respuesta racional a un problema mortal: sin anestesia, cuanto más rápido cortabas, menos probabilidades había de que el paciente muriera de shock o de hemorragia. Y funcionaba. Sus tasas de supervivencia eran envidiables para la época.

Hoy, con anestesia general, monitoreo constante y antibióticos, esa misma velocidad sería sinónimo de negligencia. Pero mirar la carrera de Liston ayuda a entender de dónde venimos. La medicina moderna no nació limpia y aséptica: nació en anfiteatros llenos de sangre, gritos y cirujanos que corrían contra el reloj.

El escalpelo de Liston, sus instrumentos y varios de sus especímenes todavía se conservan. Son recordatorios de que cada avance que hoy damos por sentado —la anestesia, la asepsia, los antibióticos— fue ganado a fuerza de errores, muertes y, sobre todo, cirujanos dispuestos a probar cosas nuevas cuando el estándar era la agonía.

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