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China plantó miles de millones de árboles para frenar el desierto, pero ahora se queda sin agua

El ambicioso programa de los Tres Nortes, iniciado en 1978, logró revertir la desertificación pero generó una paradoja hidrológica: la forestación masiva está agotando los acuíferos en zonas áridas.

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China plantó miles de millones de árboles para frenar el desierto, pero ahora se queda sin agua
Xataka — Tecnología en Español

Desde 1978, China viene ejecutando uno de los proyectos de forestación más grandes de la historia: el programa de los Tres Nortes. La idea era clara: plantar miles de millones de árboles a lo largo de miles de kilómetros para frenar el avance del desierto de Gobi y recuperar tierras degradadas.

Casi cinco décadas después, el balance es mixto. La cubierta vegetal aumentó de forma notable, la productividad de las plantas subió y se ganó terreno frente a la arena. Pero los datos hidrológicos muestran un problema serio: en regiones áridas y semiáridas, esos árboles están consumiendo más agua de la que el sistema puede reponer.

En la meseta de Loess, donde las precipitaciones anuales suelen estar por debajo de los 400 milímetros, la revegetación extensiva redujo drásticamente la recarga de los acuíferos. Los árboles actúan como bombas constantes: extraen agua del suelo, aumentan la evapotranspiración y dejan menos humedad disponible. El efecto se agrava en años secos.

Los satélites que monitorean la zona desde hace cuatro décadas confirman la tendencia. Hay más verdor, sí, pero también una alteración clara del ciclo hídrico. La humedad del suelo en la zona radicular bajó y el almacenamiento terrestre de agua se redujo en amplias áreas.

Parte del problema tiene nombre y apellido: las especies elegidas. Los pinos mongólicos, plantados a gran escala, se correlacionan con descensos lineales del nivel freático a lo largo de las décadas. Arbustos como el Salix psammophila, usados para fijar dunas, también limitan la infiltración de la lluvia y previenen la recarga de aguas subterráneas.

Revisiones globales indican que la forestación en zonas secas puede hacer caer el nivel freático entre 0,5 y 3 metros, con impactos directos en la recarga de acuíferos. La densidad y estructura del bosque influyen de manera medible en ese declive.

No todo es culpa de los árboles. En el norte de China hay un estrés hídrico crónico donde se combinan factores humanos y climáticos. En la cuenca del río Haihe, por ejemplo, los depósitos subterráneos bajaron a un ritmo promedio de 1,88 centímetros por año entre 2003 y 2020, con la irrigación agrícola como principal responsable. El patrón se mantiene, con descensos cercanos a los 2 milímetros anuales hasta 2024, concentrados en las zonas más áridas del noreste y la llanura norte.

Frente a estos datos, las autoridades están ajustando el rumbo. El programa de los Tres Nortes está virando hacia una restauración ecológica más adaptada al clima local. Se busca reducir los monocultivos de especies sedientas, incorporar más arbustos, herbáceas y plantas nativas que estabilicen el suelo sin agotar los recursos hídricos que, irónicamente, el bosque debía proteger.

Es un recordatorio de que las soluciones ambientales no son lineales. Lo que funciona en un contexto puede generar problemas inesperados en otro. En China, la paradoja del agua obliga a repensar cómo se hace forestación a gran escala: no alcanza con plantar árboles, hay que elegirlos bien y entender el balance hídrico del lugar.

Para la Argentina, donde también hay proyectos de forestación en zonas semiáridas del norte y la Patagonia, el caso chino sirve como alerta. Antes de salir a plantar por plantar, conviene mirar qué pasa debajo de la tierra.

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