Reconstruyeron el paisaje sonoro del Jurásico: la prueba más antigua de ultrasonidos en insectos
Un estudio analizó fósiles de alas de grillos y saltamontes de hace 165 millones de años y reveló un bosque lleno de tonos puros y comunicación ultrasónica, mucho antes de lo que se imaginaba.
Un equipo de paleontólogos y bioacústicos logró reconstruir el primer paisaje sonoro detallado de un ecosistema del Jurásico Medio, y el resultado sorprende: nada de rugidos de dinosaurios, sino una sinfonía de tonos puros y ultrasonidos protagonizada por insectos.
El estudio, publicado este sábado 29 de agosto de 2026, se basó en el análisis de 20 alas fosilizadas de nueve especies diferentes de ensíferos (ancestros de grillos y saltamontes) halladas en Mongolia Interior. Estas alas actúan como instrumentos musicales fosilizados: las nervaduras dejan marcas precisas del mecanismo de estridulación, es decir, el frotado que genera el sonido.
Lejos de la magia, el trabajo es puro biomecánica y tecnología de vanguardia. Usaron vibrometría láser en especies vivas para medir resonancia, crearon modelos biomecánicos de los insectos extintos y aplicaron machine learning para estimar ritmos y tasas de llamada de cada especie.
La gran revelación viene de una especie llamada Sigmaboilus peregrinus. Los modelos demostraron que se comunicaba con ultrasonidos, frecuencias por encima de los 20 kHz. Es la evidencia más antigua conocida de comunicación ultrasónica en el reino animal, 165 millones de años atrás. Hasta ahora se pensaba que este tipo de señales habían aparecido mucho después, de la mano de los murciélagos y su ecolocalización.
El resto del bosque tampoco estaba en silencio. Las otras especies emitían cantos de tonos puros, mayormente alrededor de los 5 kHz. Cada una ocupaba su propia “banda de frecuencia”, evitando solapamientos. El resultado es un coro estructurado que se parece sorprendentemente a la partición acústica que observamos hoy en las selvas tropicales.
¿Por qué desarrollar ultrasonidos tan temprano? Los autores plantean una carrera armamentística ecológica. Las altas frecuencias son direccionales y se atenúan rápido en la distancia, lo que permite a los insectos comunicarse con sus parejas sin alertar a depredadores que podrían estar escuchando. Una ventaja evolutiva clave en un mundo lleno de peligros.
Este trabajo no solo nos da una idea más precisa de cómo sonaba la Tierra hace 165 millones de años, sino que también muestra cómo la tecnología actual (desde escáneres láser hasta algoritmos de aprendizaje automático) permite “escuchar” el pasado de una forma que antes parecía imposible.
Según informó Xataka, el estudio representa el análisis acústico más detallado hasta la fecha de un ecosistema jurásico y abre la puerta a reconstrucciones aún más complejas en el futuro.
Ojo con esto: mientras la cultura popular sigue obsesionada con los rugidos de los grandes saurópodos, la realidad científica nos dice que el sonido dominante del Jurásico era un concierto de insectos. La próxima vez que imaginemos un bosque prehistórico, quizás tengamos que cerrar los ojos y pensar en frecuencias que nuestros oídos ni siquiera podrían detectar.