Ciencia

Expulsar alumnos por mal comportamiento no funciona: qué dice la ciencia y qué alternativas hay

Una revisión de 20 años de estudios muestra que las expulsiones no mejoran el clima escolar, aumentan el abandono y afectan más a los más vulnerables. La ciencia propone enfoques como el Apoyo Conductual Positivo y la justicia restaurativa.

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Mochilas lisas apoyadas junto a pupitres en un centro comunitario, plano medio documental, perspectiva natural
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

Con el comienzo del curso escolar, los problemas de conducta vuelven a aparecer en las aulas. Durante décadas, la respuesta más común fue la expulsión temporal: sacar al alumno unos días para que “reflexione”. La idea parecía lógica, pero la evidencia científica acumulada en los últimos 20 años muestra que no solo no resuelve el problema, sino que suele empeorarlo.

La Asociación Estadounidense de Psicología revisó exhaustivamente la bibliografía disponible y llegó a una conclusión clara: no hay pruebas de que las suspensiones mejoren la seguridad ni el clima general del colegio. Por el contrario, los chicos que son expulsados con más frecuencia tienen mayor riesgo de abandono escolar, peores resultados académicos y, además, se observa una fuerte disparidad demográfica. Los colectivos más vulnerables terminan recibiendo estas medidas con más frecuencia, lo que agrava las brechas sociales en lugar de cerrarlas.

Estar en casa muchas veces no genera reflexión, sino alivio: para muchos estudiantes es una mini-vacación que no los motiva a cambiar su conducta. El castigo se convierte en un refuerzo negativo que los aleja aún más del sistema educativo.

Entonces, ¿qué funciona? Un estudio de 2023 que analizó 32 investigaciones diferentes e involucró a casi 400.000 estudiantes evaluó intervenciones destinadas a reducir las exclusiones disciplinarias. Una de las más efectivas resultó ser el Apoyo Conductual Positivo (Positive Behavioral Interventions and Supports). En lugar de esperar a que ocurra la mala conducta para castigar, esta metodología modifica el entorno escolar entero para reforzar sistemáticamente los comportamientos positivos. El resultado: mejora el rendimiento cognitivo de los alumnos y reduce las incidencias.

Otra vía con cada vez más respaldo es la justicia restaurativa. Aquí el foco deja de estar en el castigo por haber roto una regla y pasa a reparar el daño causado a la comunidad y a las relaciones. Una revisión de 2025 que analizó 13 estudios confirmó que estas prácticas reducen la violencia escolar y mejoran el bienestar emocional de los estudiantes. Estos hallazgos coinciden con una revisión sistemática de 2022 que concluyó que la justicia restaurativa no solo baja las tasas de expulsión, sino que mejora de forma significativa el clima escolar y los resultados académicos.

El cambio de paradigma es profundo: pasar de una lógica punitiva y reactiva a una preventiva y relacional. En lugar de sacar al alumno del sistema, se trabaja para que se sienta parte de él. Esto requiere formación docente, cambios en las dinámicas de aula y, sobre todo, entender que el mal comportamiento suele ser la manifestación de alguna necesidad no atendida: dificultades de aprendizaje, problemas en casa o falta de habilidades socioemocionales.

En Argentina, donde muchas escuelas ya incorporan enfoques socioemocionales y programas de mediación, estas evidencias científicas refuerzan la idea de que las soluciones punitivas tradicionales son ineficaces a largo plazo. Implementar Apoyo Conductual Positivo o círculos restaurativos no es más “blando”: es más efectivo. Requiere más trabajo inicial, pero genera resultados sostenibles tanto en el aprendizaje como en la convivencia.

La próxima vez que un alumno rompa las reglas, la pregunta ya no debería ser “¿cuántos días lo suspendemos?”, sino “¿qué necesita este chico para volver a formar parte de la comunidad educativa de manera positiva?”. La ciencia ya tiene algunas respuestas claras.

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