Ciudades fantasma con persianas bajadas: el drama de las segundas residencias que vacían los pueblos
Damgan, en Francia, pasó de 1.900 a 30.000 habitantes en verano porque el 74% de sus casas son segundas residencias cerradas todo el año. El fenómeno se repite en decenas de ciudades turísticas del mundo y amenaza escuelas, comercios y el acceso a la vivienda local.
El alcalde de Damgan, una pequeña villa costera en Bretaña, decidió hace unos años pintar las persianas de rojo, azul y verde. No fue un capricho estético: era una forma de disimular que el 74% de las viviendas del pueblo son segundas residencias que pasan casi todo el año cerradas a cal y canto.
De 1.900 habitantes fijos en invierno se pasa a 30.000 en julio y agosto. El resto del año, miles de persianas bajadas, comercios que cierran y servicios básicos que peligran. En 2014, cuando Jean-Marie Labesse asumió la alcaldía, nació un solo bebé en todo el pueblo. Una clase de la escuela estuvo a punto de desaparecer. Hoy sigue siendo un problema estructural.
El mercado inmobiliario es el que más lo sufre. Un carpintero de 50 años con ingresos decentes no encuentra dónde vivir después de separarse. Los precios están inflados por la demanda de segundas residencias y los locales terminan yéndose a 20 km de distancia. "Nos estamos convirtiendo en un pueblo para personas mayores", dice Hervé du Souich, de la asociación Les Volets Ouverts, que intenta mediar para que los lugareños puedan alquilar temporalmente casas vacías.
No es un caso aislado. Según datos de 2021, Francia continental tenía 3,2 millones de segundas residencias, casi el 10% del parque inmobiliario total. En zonas costeras como Languedoc-Roussillon o la Costa Azul el porcentaje sube al 14%. Y el fenómeno no se queda en Europa.
En España, Portugal, Italia y partes de Grecia y Croacia el problema es idéntico. Pueblos enteros de la Costa Brava, la Costa del Sol o la Costa Blanca pasan nueve meses del año prácticamente deshabitados. En Argentina pasa en Pinamar, Cariló o Villa Gesell: barrios enteros de casas cerradas que solo se abren en enero y febrero, mientras los trabajadores locales tienen que vivir a 30 o 40 km de su lugar de trabajo.
El impacto económico es brutal. Las segundas residencias generan ingresos por turismo, pero destruyen la base de población estable que sostiene la economía durante el resto del año. Las escuelas cierran, los comercios no tienen clientes fijos, los servicios públicos se vuelven caros de mantener y los jóvenes se van. Queda un cascarón bonito para los veraneantes y poco más.
En Damgan intentaron soluciones. Además de pintar persianas, pusieron límites a la compra de nuevas segundas residencias y crearon incentivos para que los propietarios alquilen durante el invierno a residentes locales. Resultados mixtos: el porcentaje bajó un poco del 80% que tenía, pero sigue siendo altísimo.
La pregunta que importa es si esto se puede revertir. Algunos municipios europeos están probando impuestos más altos a las viviendas vacías, restricciones a la compra por no residentes o incluso la obligación de alquilar parte del año. En Barcelona y otras ciudades ya se limitan los pisos turísticos porque se demostró que suben los alquileres más del 30% en las zonas afectadas.
El modelo de "ciudad de vacaciones permanente" tiene fecha de caducidad. Cuando los trabajadores no pueden vivir donde trabajan, el sistema se rompe. Y pintar persianas de colores es, al final, solo un parche estético para un problema estructural.
En LATAM el tema es más incipiente, pero ya se ve en destinos turísticos premium. El desafío es el mismo: cómo equilibrar el ingreso que trae el turismo sin destruir la posibilidad de que la gente común viva en su propio pueblo. Porque una ciudad llena de persianas bajadas nueve meses al año no es una ciudad. Es un resort con problemas de mantenimiento.