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Foucault y su relacion con la empresa

En su obra, Foucault realiza una crítica a la sociedad moderna y su preocupación

fundamental radica en la necesidad de comprender las zonas controvertidas desde donde

se construye dominación, violencia y resistencias. Rompe con la tradición marxista en tanto

considera que no debe deducirse una forma de poder a partir de una determinada

estructura económica, es decir, descarta el postulado que considera el poder subordinado a

la economía. Afirma que la acumulación de capital es imposible sin la acumulación de

hombres, la construcción de sujetos sometidos. El poder ha sido comprendido generalmente

como vinculado al aparato del Estado o a las relaciones de explotación económica. Pero

para F, estas son las formas terminales de poder, por lo que para comprenderlo

verdaderamente desarrolla un método que da cuenta de la existencia de otras innumerables

formas de existencia de poder en las sociedades modernas. Entiende el poder en términos

de guerra, lucha y enfrentamiento. El poder es guerra perpetua, pero no porque la guerra

sea una continuación de la político sino porque la política es la guerra librada por otros

medios. Para F no deben analizarse las formas reguladas y legítimas del poder a partir de

su centro, sino que se deben captar en sus terminaciones. No le interesa el “gran” poder

(estado, ejército). No considera el poder como algo que se adquiera o pierda, sino como

algo que circula entre los individuos y penetra la sociedad reticularmente, en la

cotidianeidad. En torno al poder no se forman ideologías pero si saberes: el ejercicio de

poder crea perpetuamente saber y el saber conlleva efectos de poder. No hay relación de

poder sin resistencia. Esta desempeña el papel de blanco o adversario. El interés de F está

en el análisis del ejercicio del poder en los espacios apartados, distanciados de los grandes

centros, en el ámbito cotidiano, en la familia, la prisión, la escuela. Hay que librarse de la

concepción del poder como derivado del Estado: no importa quién lo detenta sino dónde y

cómo se ejerce. Sería totalmente lo contrario a lo que Hobbes quiso hacer en el Leviathán

(cómo a partir de la multiplicidad de individuos se conforma una única voluntad accionada

por el soberano). F se pregunta por los procesos continuos que someten los cuerpos y rigen

los comportamientos, para tratar de demostrar de qué manera un individuo, con derechos y

capacidades naturales, se convierte en sujeto pero mediante la dominación de una relación

de poder.

 

Foucult realiza una Microfísica del Poder, se interesa por los espacios cotidianos

atravesados por las relaciones de poder. Mientras Hobbes concibe al poder como absoluto,

F lo ve como una relación y no atributo, no reservada al Estado sino presente en todos los

ámbitos de la sociedad. En la época feudal la teoría de la soberanía sirvió para explicar la

mecánica del poder en la relación soberano-súbdito. Pero a partir del siglo XIX se producen

enormes transformaciones que alteran la mecánica del poder vigente, y nace un poder

disciplinario que configura un nuevo tipo de sociedad también disciplinaria o de

normalización. Esta transformación se inicia con la desaparición de las ejecuciones

públicas: hacia el siglo XVIII la disciplina y el castigo se ejercía sobre el cuerpo. Dicho

castigo era público a efectos demostrativos: se buscaba que el horror inhibiera las

conductas delictivas. Un delito afectaba a la víctima pero además cuestionaba al soberano.

De modo que el castigo constituía la reafirmación del poder y la superioridad del príncipe,

más que un restablecimiento de la justicia. En las sociedades disciplinarias ya no se

busca el castigo físico, se lo reemplaza por un castigo sobre el espíritu. Incluso en aquellos

lugares donde existe la pena de muerte, es indolora. Además es retirado de la visibilidad.

Mientras que en la época clásica era considerado criminal quien desafiaba el poder del

soberano directa o indirectamente, en adelante es criminal quien quebranta la ley

establecida por la sociedad. El criminal es un enemigo de la sociedad, y la ley penal

establece como castigo la reparación de la perturbación causada mediante trabajo forzado,

deportación, etc. Esto no sucedió en las sociedades modernas, que crearon la prisión y el

 

encierro como castigo y como forma de neutralizar su estado peligroso, debido a su

conducta delictiva. Debido a esta concepción del individuo como virtualmente peligroso, la

justicia no puede ser la única institución encargada de instrumentar su reforma, su

normalización de acuerdo a las reglas de la sociedad. Por lo que F incluye lo que denomina

instituciones de vigilancia y corrección, que deberán controlar al individuo. Estas

instituciones se consolidan durante el siglo XIX conformando una espesa red por la que los

individuos pasarán en algún momento de su vida (escuela, hospital, asilo, cárcel, fábrica).

Tienen la función de corregir las virtualidades de los individuos. La emergencia de este

sistema de instituciones inaugura lo que F denomina la “edad del control social”, cuyo

modelo de sociedad es la “sociedad disciplinaria”. El fundamento del funcionamiento de la

sociedad disciplinaria es el Panóptico de Bentham, forma arquitectónica que permite un

tipo de poder sobre el espíritu. Invierte el principio del calabozo de encerrar, ocultar y privar

de luz. Por el contrario, consiste en la plena luz para exponer al individuo y ser posible

vigilarlo. El mayor efecto del Panóptico es generar en el individuo un estado consciente y

permanente de ser vigilado. Poco importa si quien vigila efectivamente lo está haciendo ya

que quien es vigilado no puedo comprobarlo. De este modo, el poder debe ser visible e

inverificable. No importa quién ejerce el poder, el Panóptico es una máquina de crear y

sostener relaciones de poder en tanto logra automatizar y desindividualizar el poder.

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