La IA en las aulas promete mucho pero los estudios muestran que puede empeorar el aprendizaje
El informe PISA 2025 revela que los alumnos que usan IA para resumir o redactar obtienen peores resultados en ciencias, equivalentes a perder un año de escolaridad. El desafío es aprender a usarla como guía y no como atajo.
La inteligencia artificial llegó a la educación con la promesa de personalizar el aprendizaje y liberar tiempo para los docentes. Sin embargo, los primeros estudios grandes empiezan a mostrar un efecto contrario: los alumnos que más la usan para resolver tareas directas terminan comprendiendo menos.
Según el informe PISA 2025 de la OCDE, los estudiantes que recurren a la IA para resumir textos o redactar trabajos obtienen en promedio 20 puntos menos en ciencias que quienes no la usan. Esa brecha equivale, según los organizadores, a perder aproximadamente un año entero de escolarización. El dato es especialmente preocupante porque llega después de una década en la que la comprensión lectora cayó 28 puntos en toda la OCDE.
En España, el uso ya es masivo: el 54 % de los alumnos reconoce emplear chatbots para aprender, un 40 % para hacer resúmenes y un 30 % para redactar trabajos. Ese nivel de adopción coincide con un retroceso claro en los resultados del país entre 2022 y 2025: 23 puntos menos en lectura, 16 en matemáticas y 8 en ciencias.
Un ensayo de la Universidad de Pensilvania con casi mil estudiantes de matemáticas mostró el mismo patrón. Usar GPT-4 mejoraba el rendimiento a corto plazo, pero cuando se retiraba la herramienta en un examen posterior, el grupo que había dependido de ella rindió un 17 % peor que el grupo de control. Los investigadores hablaron de “pereza metacognitiva”: el cerebro deja de hacer el trabajo pesado cuando sabe que hay un atajo disponible.
El MIT también aportó datos preocupantes desde el plano emocional. El uso intensivo diario de IA se correlaciona con mayor sensación de soledad, mayor dependencia y menor sociabilización. La Asociación Americana de Psicología advierte que los jóvenes cada vez tienen más dificultad para distinguir la empatía simulada de un chatbot de la comprensión humana real.
Hay un matiz importante en los datos de PISA: los alumnos que usan IA con regularidad y reciben formación específica en alfabetización digital obtienen resultados ligeramente por encima de la media. El problema no parece ser la herramienta en sí, sino cómo se la usa.
Los investigadores coinciden en que la solución pasa por cambiar el rol de la IA. En vez de pedirle la respuesta directa, hay que convertirla en un tutor que guíe, haga preguntas y obligue al estudiante a razonar. Ese enfoque evita que el alumno salte directamente a la solución sin pasar por el proceso mental necesario para aprender de verdad.
El debate que reavivó un reportaje del Wall Street Journal —que llega a sugerir restringir el uso de IA generativa a mayores de 21 años— pone sobre la mesa algo que ya sabíamos pero que ahora tiene datos duros: la tecnología no es neutra. Si la usamos mal, puede atrofiar capacidades cognitivas que tardamos años en desarrollar.
Para las familias y docentes de Argentina y la región, el mensaje es claro. La IA llegó para quedarse en las aulas, pero necesita reglas de uso explícitas y acompañamiento. Enseñar a los chicos a usarla como un sparring intelectual en lugar de un solucionario automático es la única forma de que la promesa original se cumpla y no se convierta en un retroceso disfrazado de innovación.
La pregunta ya no es si la IA va a estar en la educación. La pregunta es si vamos a aprender a usarla antes de que ella termine usándonos a nosotros.