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La decisión de Donald Trump de revisar la estrategia y reforzar el frente en Afganistán no obedece a un convencimiento personal. Al contrario. Como él mismo reconoció la noche del lunes en el primer mensaje televisado que dirige a la nación, sobre la guerra más larga de la historia de Estados Unidos, su instinto le decía lo contrario. Un escepticismo con las aventuras militares que ya mostró en campaña y que ha evolucionado meses después de escuchar a los generales: «Las decisiones son a veces diferentes cuando uno se sienta en el Despacho Oval». Presentada la disculpa a sus fieles, gregarios del discurso nacionalista y contrario a intervenir en el exterior con el que ganó las elecciones, el presidente intentó diferenciarse de sus antecesores, George W. Bush y Barack Obama, de quienes sugirió que habían sido unos «perdedores». Trump se propone «dar la vuelta y ganar» la guerra de Afganistán dieciséis años después, pero «no para reconstruir el país, sino para matar terroristas», en alusión al anterior presidente republicano, impulsor de la «guerra contra el terrorismo» tras el 11-S. Su crítica a Obama, que intentó la salida progresiva del país hasta que asumió la realidad militar, la resumió en la necesidad de no repetir el error de Irak, con un «inaceptable» abandono que refuerce la presencia del yihadismo de Al Qaida y de Daesh (ISIS).

Donald Trump dio las primeras muestras de aceptar la recomendación del establishment militar el 19 de julio. Aquel día, fue especialmente incisivo en la Situation Room (Sala de Emergencias de la Casa Blanca que el presidente comparte con los mandos militares y la Inteligencia): «Vamos perdiendo». Se refería la guerra de Afganistán. Por primera vez, sus numerosas preguntas apuntaban a una aceptación de que había que hacer algo. El pasado viernes, en Camp David, Trump cerró la nueva estrategia para Afganistán con el jefe del Pentágono, James Mattis. Su discurso ofreció grandes trazos de la nueva orientación, pero pocos detalles. «El enemigo nunca sabrá por adelantado lo que vamos a hacer», fue su máxima. Nada de calendarios o de planes previos, sino actuaciones y decisiones: «Nunca diremos que vamos a atacar, pero atacaremos». El mejor ejemplo se encuentra en la megabomba con la que Estados Unidos mató por sorpresa a un centenar de talibanes el 13 de abril. Era la primera vez que utilizaba la GBU-43, el proyectil no nuclear más poderoso de la historia. Trump ni siquiera ratificó el próximo envío de 4.000 soldados, la principal medida, que sí confirmaron fuentes republicanas en el Congreso. Se sumarán a los 8.400 desplegados en la actualidad. Sobre el terreno, algunos expertos apuntan al despliegue de una contrainsurgencia contra los talibanes y el yihadismo de Al Qaida y Daesh, consistente en la eliminación selectiva de terroristas. Aunque requeriría una estrecha coordinación con el Gobierno afgano, mucho tiempo y mucho dinero, que el legislativo estadounidense no está dispuesto a aprobar.

La doctrina Trump deja también margen a una geopolítica diferenciada con relación a la Administración Obama, en la que Paquistán es el blanco de los reproches. Con su habitual visión mercantilista, siempre en busca de rentabilidad, Trump arremetió con dureza contra el Gobierno de Islamabad: «Les hemos pagado miles de millones de dólares al tiempo que dan cobijo a los mismos terroristas contra los que luchamos. Eso tiene que cambiar, y cambiará inmediatamente. Es hora de que Paquistán demuestre su compromiso con la civilización, el orden y la paz». Por si quedaban dudas, el presidente estadounidense fue muy específico cuando eligió como socio preferente a la India, país con el que los paquistaníes mantienen unas tensas relaciones.

Las amenazas de Trump no generaron precisamente indiferencia en Islamabad, donde fuentes políticas y militares reconocían ayer su inquietud por la posible reducción de la cuantiosa ayuda que recibe su país de Estados Unidos. La relación entre ambos países siempre se ha movido entre fuertes altibajos. Washington asumía la laxitud con la que Paquistán alberga a terroristas en su frontera con Afganistán, a cambio de valiosa información de sus servicios secretos sobre los movimientos de los talibanes y los yihadistas. El mayor fruto para los norteamericanos fue la operación que permitió matar a Osama Bin Laden, el líder de Al Qaida y autor intelectual del 11-S, quien sorprendentemente llevaba viviendo mucho tiempo en una casa cercana a un cuartel militar paquistaní. El chivatazo habría provenido de este país.

El mensaje de Trump fue recibido con aplausos en Afganistán. Su Gobierno calificó de «diez sobre diez» el compromiso de la nueva Administración estadounidense. Enfrente, los talibanes advertían de que seguirán haciendo la guerra eterna. Frente a la promesa de Trump de impedir que la autodenominada insurgencia retome el poder, un portavoz de los terroristas tachó su discurso de «viejo y poco claro». Pese a la contundencia del mensaje, el presidente norteamericano había dejado abierta la puerta a una «negociación» con los talibanes, aunque siempre en posición de fuerza.
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