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En la base naval de Mar del Plata celebran el cambio de las condiciones meteorológicas. Las olas ya no son de ocho metros y se puede navegar. Es decir, explorar, con cierta normalidad, un sector de 500.000 kilómetros cuadrados. El objetivo es localizar y rescatar el submarino ARA San Juan. El desafío no es menor: la extensión a peinar equivale al tamaño de toda España.

Es la primera noticia positiva que reciben madres, padres, hermanas, hijos, esposas y seres queridos de los 44 marinos -a la deriva o en el fondo del mar- desde el pasado miércoles. Ese día, el capitán de fragata Pedro Martín Fernández reportó desde Usuhaia (más cerca de la Antártida que de Buenos Aires) que habían tenido un fallo con las baterías. Nunca más se supo de él y su tripulación.

«El ánimo cambia; a veces es de tristeza profunda, porque se piensa en lo peor, y a ratos creemos que van a volver», observa Marcela Tagliapiedra, cuñada del teniente de navío Fernando Ariel Mandoza. «Por eso -añade en El Día.com- el apoyo de la gente es muy importante».

Pistas falsas
En estos seis días el consuelo de los allegados es desconsuelo casi permanente. Les dan noticias que les despiertan la ilusión por apenas unas horas, pero luego vuelve el desencanto, el silencio y la tristeza. Así sucedió con las siete falsas llamadas de telefonía satelital del submarino o los ruidos de las profundidades del océano detectados que parecían partir del San Juan desde las profundidades del mar.

Lo mismo pasó con la sobredosis de angustia desatada tras conocerse este martes el hallazgo de una balsa a la deriva y divisarse humo blanco de bengalas. El portavoz de la Armada, Enrique Balbi, una vez más, tuvo que salir a desmentir que ni la balsa ni las señales (las bengalas del submarino son de color) pertenecían al ARA San Juan, pero ahí están, «y hay que averiguar quién está pidiendo ayuda».

En esa situación de querer saber y no saber nada, las familias de los 44 se concentran en la base naval de Mar del Plata. La entrada recuerda al campamento de la mina San José de Copiapó, donde lo imposible se hizo posible con los 33 mineros chilenos.

Las banderas de Argentina visten la cara externa de la verja, los dibujos de los niños dedicados a sus padres con mensajes de ánimo para que vuelvan «vivos» o corazones como el dibujado por «Mavi, Feli y Trini» encogen el alma de argentinos y extranjeros. «Fuerza Argentina. Confiamos en Dios. Los esperamos», escriben otros sobre la bandera, el único símbolo nacional, con el himno, que une a todos.

Cadena humana y rezos
Los familiares se dan la mano y forman una cadena mientras en Buenos Aires, en la catedral, se reza por ellos. «Seguimos con mucha incertidumbre pero tranquilos, esperando que las noticias alentadores se confirmen. Sentimos el cariño de la gente que se acerca a dejar sus mensajes», comenta María Rosa Belcastro, madre del teniente de navío Fernando Ariel Mendoza.

Entre los objetos que dejan hay hasta una tabla de surf. El orfebre Federico James la intervino y la dejó en la base como «una ofrenda». «La idea -comenta- es mostrar que si la llama está prendida, la esperanza no se apaga».
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