Soja ¿podemos agregarle valor?

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Durante décadas la Argentina se ha caracterizado por un sistema de producción centralizado básicamente en un modelo agroexportador o en aquellos productos denominados commodities, es decir, materias primas que presentan un valor agregado muy bajo o casi nulo.
El inconveniente que se presenta ante esta baja diversificación de las exportaciones es que se ve altamente dificultada las posibilidades de un desarrollo mayor ante la falta de competitividad frente al mercado mundial; y debido a la actual situación de balanza negativa que existe entre exportaciones e importaciones, se torna muy lejana la posibilidad de invertir este resultado. Cuando las exportaciones de un país se basan en commodities, el ingreso de divisas es muy bajo debido a que el precio de estos bienes es fijado por el mercado internacional y dependerá gran parte de la competencia, básicamente se le comprara la producción al postor más barato. Esto no sucede cuando un país se dedica a la elaboración de bienes con valor agregado; en este caso es uno mismo el que fija el precio con un mayor grado de independencia de la competencia externa. Cuanto mayor sea el valor mayor será el precio.
Dentro de este cuadro ha cobrado gran protagonismo la soja, del cual ocupamos el cuarto lugar en el mundo como productores y que desde los años 70 hasta hoy tuvo un increíble avance desplazando inclusive a otras plantaciones y otro tipo de prácticas llegando a representar el 60% de la superficie sembrada del país.
Para finales de los 90 había superado la siembra de maíz, trigo y girasol, debido al incremento de los precios de los commodities en general, multiplicándose seis veces la superficie cultivada. Este crecimiento se dio de la mano de la incorporación de la semilla transgénica y del uso de fertilizantes herbicidas, además de una serie de medidas políticas que incluyeron la desregulación de la actividad portuaria, la eliminación de las retenciones en el pasado y el dragado del rio Paraná que constituye la principal vía de salida de este producto.
Durante el 2017 argentina exporto 47,8 millones de toneladas de granos siendo el principal comprador China seguido de Brasil, Vietnam, Argelia y Egipto.
A pesar de la relevancia del mercado de la soja es importante comenzar a proyectar la posibilidad de incorporarle mayor valor agregado. Se ha diseñado al respecto el PEA “Plan Estratégico Agroalimentario” orientado a acrecentar la industrialización del país en un 80% para el 2020. Según Mario Bragachini, coordinador del Proyecto de Cosecha, Poscosecha y Agroindustria en Origen (Precop) del INTA Manfredi de Córdoba “la soja debe exportarse industrializada. Para esto se debe industrializar desde el origen de los granos a través de pymes asociativas de escala y tecnología competitiva” una de las opciones más importante es elaborar alimento balanceado para nutrición tanto animal como humana sometiendo a la soja a un extrusado y prensado obteniéndose los denominados expeller, que resulta en un producto final concentrado con alto contenido proteico. Otra opción en auge es la elaboración de biodiesel que desde el 2006 creció 24 veces su volumen de producción, siendo una alternativa más ecológica a comparación de los derivados del petróleo. Además no solo sería apta para exportar, sino que también para su utilización interna en reemplazo de los demás combustibles que tan afectados se ven constantemente por las subas del dólar.
Algunos expertos consideran que no se aprovecha todo el potencial y que se deberían adaptar los mercados a las culturas de países no convencionales como por ejemplo Japón y otros países asiáticos, sobretodo en la industria alimenticia, teniendo en cuenta que estos países son grandes consumidores de los subproductos derivados de la soja. Es cierto que habrá algunas barreras que superar; China por ejemplo se caracterizó por tener altas restricciones al ingreso de mercaderías elaboradas, pero desde su ingreso en el 2001 a la OMC (Organización Mundial del Comercio) ha ido progresivamente pactando una merma en las mismasDurante décadas la Argentina se ha caracterizado por un sistema de producción centralizado básicamente en un modelo agroexportador o en aquellos productos denominados commodities, es decir, materias primas que presentan un valor agregado muy bajo o casi nulo.
El inconveniente que se presenta ante esta baja diversificación de las exportaciones es que se ve altamente dificultada las posibilidades de un desarrollo mayor ante la falta de competitividad frente al mercado mundial; y debido a la actual situación de balanza negativa que existe entre exportaciones e importaciones, se torna muy lejana la posibilidad de invertir este resultado. Cuando las exportaciones de un país se basan en commodities, el ingreso de divisas es muy bajo debido a que el precio de estos bienes es fijado por el mercado internacional y dependerá gran parte de la competencia, básicamente se le comprara la producción al postor más barato. Esto no sucede cuando un país se dedica a la elaboración de bienes con valor agregado; en este caso es uno mismo el que fija el precio con un mayor grado de independencia de la competencia externa. Cuanto mayor sea el valor mayor será el precio.
Dentro de este cuadro ha cobrado gran protagonismo la soja, del cual ocupamos el cuarto lugar en el mundo como productores y que desde los años 70 hasta hoy tuvo un increíble avance desplazando inclusive a otras plantaciones y otro tipo de prácticas llegando a representar el 60% de la superficie sembrada del país.
Para finales de los 90 había superado la siembra de maíz, trigo y girasol, debido al incremento de los precios de los commodities en general, multiplicándose seis veces la superficie cultivada. Este crecimiento se dio de la mano de la incorporación de la semilla transgénica y del uso de fertilizantes herbicidas, además de una serie de medidas políticas que incluyeron la desregulación de la actividad portuaria, la eliminación de las retenciones en el pasado y el dragado del rio Paraná que constituye la principal vía de salida de este producto.
Durante el 2017 argentina exporto 47,8 millones de toneladas de granos siendo el principal comprador China seguido de Brasil, Vietnam, Argelia y Egipto.
A pesar de la relevancia del mercado de la soja es importante comenzar a proyectar la posibilidad de incorporarle mayor valor agregado. Se ha diseñado al respecto el PEA “Plan Estratégico Agroalimentario” orientado a acrecentar la industrialización del país en un 80% para el 2020. Según Mario Bragachini, coordinador del Proyecto de Cosecha, Poscosecha y Agroindustria en Origen (Precop) del INTA Manfredi de Córdoba “la soja debe exportarse industrializada. Para esto se debe industrializar desde el origen de los granos a través de pymes asociativas de escala y tecnología competitiva” una de las opciones más importante es elaborar alimento balanceado para nutrición tanto animal como humana sometiendo a la soja a un extrusado y prensado obteniéndose los denominados expeller, que resulta en un producto final concentrado con alto contenido proteico. Otra opción en auge es la elaboración de biodiesel que desde el 2006 creció 24 veces su volumen de producción, siendo una alternativa más ecológica a comparación de los derivados del petróleo. Además no solo sería apta para exportar, sino que también para su utilización interna en reemplazo de los demás combustibles que tan afectados se ven constantemente por las subas del dólar.
Algunos expertos consideran que no se aprovecha todo el potencial y que se deberían adaptar los mercados a las culturas de países no convencionales como por ejemplo Japón y otros países asiáticos, sobretodo en la industria alimenticia, teniendo en cuenta que estos países son grandes consumidores de los subproductos derivados de la soja. Es cierto que habrá algunas barreras que superar; China por ejemplo se caracterizó por tener altas restricciones al ingreso de mercaderías elaboradas, pero desde su ingreso en el 2001 a la OMC (Organización Mundial del Comercio) ha ido progresivamente pactando una merma en las mismas.
Este proceso demorara años pero a través de negociaciones con estos nuevos mercados, inversión en tecnología e investigación, recursos humanos, una mente abierta y cooperativismo el abanico de oportunidades que nos ofrece la soja podrá abrirse y así daremos el puntapié inicial para lograr inclinar la balanza a nuestro favor.